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martes, 22 de junio de 2010

El Corzo de "La Ilusión"



Por Quique Beneytez.

Todos los años, la Sociedad de Cazadores "la Ilusión" de Cabezasrubias del Puerto, rota entre sus socios los precintos de corzo que le adjudican. Dos en Los Cuartillos y en La Ventilla, y otros dos en El Valle – San Muñoz. Cada cazador dispone de un fin de semana para intentar cobrar un corcete.

Como sierra, me quedo con La Ventilla y su sopié Los Cuartillos, más representativa de los montes de Fuencaliente y Sierra Morena, pero alejada del pueblo; no así el Valle – San Muñoz que está muy cerca del pueblo, justo al otro lado de la sierra donde está el cortijo de los Serrano, amigos míos de toda la vida y que ahí hice, hace ya muchos años, gracias a la caza.

El cortijo de El Valle está separado por unos cientos de metros del sopié de la sierra. Es una apretada mancha de: jaras, lentiscos, madroños, enebros, melojos y vegetación más rastrera en sus cuerdas en donde se recortan contra el cielo sus abruptas risqueras, formando esos callejones que dan paso a la caza de umbría a solana. En estas sierras se encaman y crían cochinos, venados y corzos. Sobre estos últimos, en concreto, sobre uno de ellos, trata la historia de caza que a continuación relato.


Casi siempre solemos recechar en El Valle. Alguna vez lo hice en los cuartillos y en La Ventilla, pero sin éxito. Creo que fue el año siguiente a que muriera papá. Me acuerdo que aquella tarde llegué pronto a los vendales del Collado del Cornicabral, mirando al Valle de Ventillas, sólo para poder acordarme mejor de él; de las veces que repechamos esos laderones que tantísimo nos gustaban; de los venados y cochinos que, en auténticos lances monteros, le hemos quitado a esa sierra durante los años.

Recechar en El Valle no es solo cazar; es disfrutar de la amistad y hospitalidad de Olga y José Carlos, bregar con los becerros, dar una vuelta a los corderos, ver cómo andan los cochinos y lo más bonito: estar a pié de sierra. La ves; sabes dónde cruza tu corzo; dónde lo viste por última vez; donde lo fallaste el año pasado; donde te vas a colocar a esperarlo… El tiempo que haga falta.

Al llegar, miro a la sierra de reojo, como con ganas de ir en el momento. Está preciosa, desafiante, dura e impenetrable. No lo pone fácil.

Hace ya tres veranos andaba yo por ese cortadero que todos los años se limpia y donde brotan los pastos, que los venados y corzos buscan. Descubrí entonces que un macho de corzo debía andar por ahí, vistos los rastros dejados por su cuerna en los vástagos de los enebros y madroños. Ese año solo pude ver a parte de su harén y cría del año pasado; pero no a él. Por el territorio que ocupaba, seguramente se trataba de un buen macho, o eso quería yo pensar. Hubo que esperar un año más para volver a intentarlo. Fue la última semana de julio, ya con el celo empezado. Estaba seguro de que mi corzo patrullaría su territorio en defensa de su harén y ahí tendría yo que apañármelas para poder ganarle la partida. En su cortadero, que nace de una tira de sopié, con grades encinas y algunos chaparretes, para luego enfilar hacia la cuerda en una pronunciada pendiente. Un enebro situado a cien metros del sopié invitaba como apostadero y acortaba los puntos de tiro, que intuía yo en lo alto de la sierra. Estaba mentalizado de tirar lejos, pero tanta pendiente lo hacía muy difícil por lo forzado de la postura.

Siempre, o casi siempre, suelo llevar los "chiflos". Algún corzo he cobrado con ellos y la verdad es que es muy emocionante ver como entran al reclamo las pocas veces que lo hacen.

Esa tarde, después de tocar el Buttolo, asomó la corza, solo la corza. Miraba al monte todo el rato y detrás asomaron sus dos corcinos. El macho no salió, pero para mí es como si hubiese salido. Tenía una fe ciega y "sabía" que estaba ahí, que ya saldría.

La mañana siguiente volví a ver a la corza, algunas ciervas y un guarrete que venía rezagado de las pilas de las vacas. Nada me desanimó; ¡sabía que esa tarde volvería a intentarlo! También pensé que sería más fácil entrar de arriba a abajo y no obligarme a tener que tirar lejos y en postura forzada. No sabía cómo entrar por el otro lado y por no molestar a José Carlos, decidí no ser pesado y seguir intentándolo desde el enebro. La tarde del sábado insistí de nuevo y ahí me planté, mimetizado con él. Medí con el telémetro las distancias a los posibles puntos por dónde yo creía que podría aparecer el dueño de ese territorio. A eso de las 21.30 hrs el sol empezó a ponerse y la mayor parte del cortadero fue tomada por las sombras.

Sin saber porqué, hice sonar el reclamo con el quejido de la corza cuando es acosada por el macho. A los pocos minutos a unos doscientos metros, veo la corza que sale a lo limpio con sus dos corcinos. Miraba hacia abajo, donde yo estaba. Parecía tranquila. Cruzó de un lado al otro de la monda, picoteando en éste y aquel brote. Los corcinos la imitaban. Mientras maldecía mi suerte, me preguntaba dónde estaría el macho que no asomaba. De repente, salió al cortadero un corzaco – su estampa era imponente – iba detrás de la hembra, advirtiéndola, para que no se alejara mucho de su territorio. Por los prismáticos pude distinguir sus larguísimas luchaderas. La longitud de la cuerna era más que aceptable y sobre todo, el porte del bicho era realmente imponente. ¡Era lo que yo, sin saberlo, esperaba! Intuía que no me iba a dar mucho tiempo y tendría que disparar "ya"; Me tumbé, incomodísimo, en el suelo, monté el pelo y ...pummmmmm......

Alto, joder, ¡¡¡alto!!! Le dejé el tiro unos centímetros alto, tampoco era tan difícil. Pero aunque llevase ya bastantes corzos patas arriba… ¡Me puse tan nervioso! ¿Cómo es posible? Pues eso, que lo fallé; subí al tiro sabiendo que lo había fallado, me había ganado. Una vez en su trocha, me sentí derrotado, cansado por el repecho, pero me dije: ¡hasta el año que viene!

Una vez en el cortijo, relaté lo ocurrido a José Carlos que no se lo podía creer. ¡Todos habían oído el tiro del 243 y daban al corzo por muerto! Ese verano, lo volvieron a ver muy de cerca. José Carlos me dijo que era tal y como se lo había descrito; precioso, con una cuerna muy definida. ¡Un corzaco! Me consta que lo volvieron a esperar pero nunca más apareció.

Ya en febrero, en la montería que celebramos correspondiente a esa mancha, los perros lo echaron entrándole a José Manuel quién lo pudo ver perfectamente ya hecho y le pareció muy bueno.

El tiempo pasa y un día de marzo me llamó José Carlos diciéndome que ya teníamos fechas para el corzo esta temporada; nos correspondían el 18,19 y 20 de junio. Las fechas no me gustaron. Pensé que este año hay muchísima comida en el monte e iba a ser dificilísimo. Pero, ¿quién dijo miedo? ¿no queremos ir de caza? Pues eso: de caza, de la difícil, de la escasa, de la buena, con amigos.

Ese fin de semana coincidimos José Carlos, su primo José Manuel y yo. Llegué el viernes, cansadísimo de toda la semana en Madrid. Por el hecho de llegar al pueblo, ver a José y a Olga, tomar una cervecita y planear la estrategia ya vale la pena el viaje. ¡Ya estaba de caza y había dejado todos los problemas atrás! Íbamos bien de tiempo y le pedí a José Carlos que me enseñara la entrada a la sierra por la parte del pueblo, por arriba, por dónde hubiese querido entrar el año pasado.

Aparcamos en un olivar dónde levantamos un venadete y emprendimos camino a la cuerda; cosa nada fácil dada la altura del pasto ya seco que se nos enredaba en los pies y tapizaba las pedrizas haciéndonos resbalar. Una vez en la cuerda, la vista era preciosa; solamente afeada por las chimeneas humeantes de la refinería de Puertollano. Traspusimos a una cornisa desde donde dominábamos el cortadero que hace casi un año atrás fue testigo de mi fallo. Di gracias por haberlo fallado ya que me había dado la oportunidad de volver ahí, de volver a intentarlo, de volver a cazar. Estudiamos de nuevo el escenario: tanto la posición de tiro como la distancia a las trochas de la caza. Estaban mucho mejor que desde el enebro, que ahí seguía. Me impactó el escenario; el estar ahí de nuevo y pensar en lo rápido que había pasado el tiempo; lo que habían crecido los niños; y, si mi corzo andaría por ahí, sano y salvo. Noventa y ocho a la primera trocha, ciento cuarenta a la segunda, doscientos ochenta y dos al enebro.....eso es lo que medí. Me gustaban más las cercanas, no sé porqué. En esas estábamos José Carlos y yo cuando una cierva asomó cerca del enebro. Miraba al monte y como asustada, se metió en lo espeso de nuevo. Al minuto, por el mismo sitio, un guarrete cruzó al trote por los pasos de la pepa; esa debió ser la causa del susto.

Empezó a anochecer y decidimos irnos, todavía con un poco de luz, para al volver mirar los claros que hay a los pies de las risqueras. Esta noche la pasamos en Cabezasrubias: Cenamos, charlamos y nos fuimos a la cama. Acordamos que José Manuel se pondría abajo, en el sopié; José Carlos en una traviesa cercana al cortadero grande y yo entraría por arriba.

A las seis menos diez estábamos en pié y a las seis y media empezaba a subir a la cuerda. Coroné los vendales y oteé detenidamente los claros de la cuerda. Con cuidadito, avancé hasta encontrar el final del cortadero por donde tendría que bajar unos metros hasta la cornisa que iba a ser mi apostadero. Disfruté de la salida del sol y como la luz estrenaba el día, me volví a acordar de papá, de cómo le hubiese gustado estar ahí y a mí con él.

Barajé las posibilidades de tiro. ¡Esto es otra cosa!, pensé prometiéndomelas muy felices. ¡Hala, a disfrutar! Torcaces, arrendajos, rabilargos, zorzales y mirlos empezaron a trajinar. Más tarde vencejos y golondrinas distraían la espera. La cierva que vi ayer por la tarde cruzó por el mismo sitio. José Manuel llegó al sopié a quinientos metros de mí, justo en la otra punta del cortafuegos, y se sentó a esperar, tapado por la sombra de una encina. Saqué el kit de chiflos y con poca fe saqué el del corcino que llama a su madre, pité y nada. La mañana pasaba y yo seguía disfrutando del campo. Me daba igual el corzo, el rifle, ¡estaba encantado! Eran ya las nueve menos cuarto de la mañana y decidí pitar otra vez; piiiiiiiiu,piiiiiiiiiiiiiu, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiu. De nuevo, sin mucha fe. Dejé el chiflo en una piedra y tomé el rifle, porque nunca se sabe.... A los treinta segundos me pareció oír una carrera, en mi dirección. Confundido pensé: ¿será un zorro?, ¿la corza? o ¿quizás?...

A cincuenta metros y por la izquierda, apreció el corzo a la carrera, como una exhalación. Lo juzgué en décimas de segundo; se paró, justo antes de perderse en el monte de nuevo. El mismo impulso que me hizo pensar “es él” lo metió en el visor y apreté el gatillo del pequeño 243. ¡Mi corzo, el que cacé en más de mil días, yacía inerte en la alfombra de tomillos, lentiscos y brotes de jara de su sierra! Ya se había acabado.

Saqué el casquillo y lo guardé en el zurrón. Mi mano temblaba por la intensidad del lance y sobre todo, por lo que significaba ese corzo para mí. El primero de esas sierras, el que me había hecho mirar mil veces a ellas y pensar: "un día voy a ir de nuevo, a buscar el corzo que escondéis y con todo el respeto os lo voy a quitar".

Salí del corto "trance", acomodé el rifle contra el zurrón y me acerqué al corzo despacito, mirando a José Manuel que desde abajo no sabía todavía si me había hecho con él aún porque no lo había visto caer. Era precioso; lo acaricié, tenía unas rosetas enormes, desparramadas, perladísimas; lucía unas luchaderas larguísimas pero habían perdido algo de longitud. Daba igual: ¡lo perdido en trofeo lo había ganado en galones, en experiencia! Además quizás esa pérdida de longitud se debiera a las perdigonadas que cualquier ignorante, cobarde y desaprensivo le propinó no hace mucho en sus cuartos traseros, pudiéndole interrumpir con cualquier infección el desarrollo normal de su preciosa cuerna. En cualquier caso era nuestro corzo, nuestro fantasma del Valle; el que nos había quitado muchas mañanas y tardes a los tres amigos. ¡Lo habíamos cazado!

José Manuel, sin yo decirle nada, subió a ayudarme a bajar el corzo. Me dio la enhorabuena y me recordó cómo le entró a él ese día de montería, estaba seguro de que era el mismo. Cuándo tocaba su cuerna, me miró y me dijo: “uno de los de aquí, vale más que tres de los de Guadalajara”. ¡Y es cierto!

Aunque lo hayamos cazado, estamos seguros de que nuestro corzo ha dejado su sangre en toda esa parte de la sierra y sus descendientes harán de nuevo las delicias de todos nosotros.

A mis amigos

José Carlos Serrano y José Manuel Polo

Un abrazo

Quique Beneytez

jueves, 13 de mayo de 2010

Recechando en el Coto Nacional de Cazorla

Por mi amigo Jorge


Como muchos cazadores, llevo muchos años apuntado a los famosos Sorteos Nacionales y Regionales para cazar en zonas públicas, que de otra forma no sería posible. Lo cierto, es que no había tenido mucha fortuna, pero como siempre se dice, la ilusión nunca se debe perder.
Por fin este año, en el mes de julio, recibo unos sms de Egmasa (Empresa pública dedicada a la gestión cinegética en Andalucía), donde se me indica que por fin, he sido agraciado con un permiso. Como vivo en Madrid, en mi caso, el permiso era de ámbito nacional.
 Antes de intentar relatar mi experiencia cinegética, me gustaría aprovechar para realizar una reflexión y compartirla con todos los miembros de esta Red. Desde hace muchos años, soy una persona que siente pasión por la caza, el campo y todo lo relacionado con ella, y así se lo estoy intentando inculcar a mis hijos. Al vivir en Madrid, no tenemos la oportunidad de poder formar parte de Sociedades de Cazadores con las consiguientes ventajas que ello supone, por lo que tengo que hacer un esfuerzo económico importante para poder disfrutar de una de mis mayores pasiones.
Creo que no es justo, y espero que todo el mundo esté de acuerdo conmigo, que no por vivir en Madrid, somos menos que nadie y disponemos de mayores ingresos económicos para poder dedicar a una de nuestras mayores ilusiones.
En este sentido, me gustaría poner un ejemplo que creo que es bastante ilustrativo: este año la Junta de Andalucía tomo la decisión de sacar 300 permisos aproximadamente para poder cazar en Cazorla, de los cuales aproximadamente 200 locales, 172 Regionales y tan sólo 28 nacionales. Además, a parte de la cuota de entrada que se supone que pagamos todos, se debe abonar el coste del animal abatido y, en el caso de los locales, supone un ahorro de más del 50%. Creo sinceramente, que no es justo, ni el porcentaje, ni el coste (que en los últimos años se ha disparado) y se debería realizar una gestión global encaminada a que todos seamos capaces de disfrutar por igual de esta pasión común.
Realizada la reflexión, paso a intentar relatar de la mejor forma posible mi maravillosa experiencia en las increíbles sierras de Cazorla.

Finalmente opto dentro de las posibilidades que se me ofrecen por cazar un gamo representativo. Adicionalmente, en el paquete te dan la opción de abatir una hembra y un jabalí.
Desde el momento de ser informado de la noticia a mediados de Julio 09 hasta el ansiado día 18 de octubre, como en muchas otras ocasiones, pasan por nuestra cabeza infinidad de imágenes y pensamientos que te tienen en vilo y que te hacen soñar con este momento.
Al ser dos días de caza; domingo 18 y lunes 19, organizamos todo para poder salir el Sábado después de comer y volver el martes a media mañana (total tres noches). El trayecto es de aproximadamente 400 km. En esta ocasión como en muchas otras, me acompaña mi hijo que actualmente tiene 12 años, que empezó a acompañarme a monterías con tan solo 5 años y que por ser un buen estudiante, se ha ganado la citada oportunidad (siendo sincero, en mi caso, la satisfacción y vivencias se incrementan exponencialmente cuando él me acompaña).
El equipo de Guardas de Egmasa está compuesto por: Guarda Mayor; Hilario Peralta, Femi (Eufemio) García Adán, Nito (Mariano) Franco Molina y Alberto Lara, ¡vaya pedazo de equipo¡ En nuestro caso, dando por hecho que todos son buenos profesionales, nos tocó en suerte a Femi.
Quiero dejar constancia del agradecimiento de mi hijo y el mío,  a Femi, por su profesionalidad y buen hacer durante los dos días de caza. Femi es una persona de treinta y tantos años, curtida por la dureza del campo, nacido en Coto Ríos en plena sierra de Cazorla y desde siempre ha vivido la sierra, siendo parte de él. Pudimos comprobar su gran conocimiento y experiencia de la sierra, ya que realizamos dos días de verdaderos recechos, por todas aquellas zonas que él podía considerar más querenciosas, dependiendo del animal que estuviéramos buscando. Por tanto, desde aquí, muchas gracias Femi.
También tuvimos la oportunidad de charlar animadamente con Hilario y Nito en el típico bar del pequeño pueblo de no más de 400 habitantes (Coto Ríos), los cuales nos ilustraron y respondieron a todas las preguntas que nos surgían y pudimos comprobar a través de multitud de fotos de los hermosos trofeos de las diferentes especies que allí se podían abatir.
En la carretera del Tranco existen multitud de hoteles, y al no conocer la zona, preferimos preguntar a Femi. Nos sugirió un par de nombres  y finalmente tomamos la decisión de reservar en: Hotel Paraíso de Bujaraiza (***). Tengo que decir  que el hotelito en cuestión dispone de todos los servicios que cualquier cazador/persona pueda llegar a necesitar y la calidad vs. precio es buena, pero lo más importante para nosotros, es haber tenido la oportunidad de sentirnos como en "casa". Desde aquí recomiendo el hotel, con Trini "la Gran Jefa", los dueños; Emilio y Cristina y el resto del equipo; Laura y Jesús.
Hotel Paraíso de Bujaraiza (***)
Carretera del Tranco, Km. 59
23478 Coto Ríos (Jaén)
Tel. 953 124 114
http://www.paraisodebujaraiza.com/
Primer día: domingo 18 de octubre 2009
Quedamos a las 7:00 a.m. en el bar "El Rincón" con Femi. Con los nervios a flor de piel y como siempre con un cansancio importante, no porque la cama estuviera dura, sino porque desde siempre, el día anterior a cazar, me resulta muy difícil conciliar el sueño.
Lo primero fue tomarse un café bien cargado y realizar todo los trámites y papeleos. A continuación, al ser la primera vez que cazábamos por esos lares, nos explicó con detalle las peculiaridades de la sierra y la forma en que había pensado que realizáramos la cacería. Coincidimos con otro cazador; Fernando y su buen amigo Paco, que también habían sido agraciados con un permiso, en su caso "Regional" para cazar lo mismo que nosotros.
A las 7:45 a.m. nos subimos a su pick-up "Toyota "y nos pusimos en marcha. Ya carrileando para llegar a la zona donde comenzaríamos a realizar el rececho, nos pudimos dar cuenta de lo maravilloso de la sierra, totalmente distinta de las zonas donde habitualmente nosotros estábamos acostumbrados a cazar; Toledo y Extremadura.
Desde el principio, nos dijo que estuviéramos atentos, ya que al ser una zona totalmente salvaje, en cualquier momento nos podrían sorprender. Nos íbamos parando para visualizar a través de nuestros prismáticos el horizonte, en busca del tan ansiado "gamo" y/o Jabalí.  Al poco de comenzar, en una gran pradera lindando con el río y el comienzo de la sierra, pudimos comprobar que a unos 2 km. en línea recta cerca del "castillo", había un gamo de buen porte dentro de las características de un representativo, rodeado de unas cuantas gamas, pero lo cierto es que no le podíamos entrar, ya que desde el primer momento nos pondríamos a descubierto y, como es lógico, nos vería y comenzaría de inmediato la huida.
Entre tanto, mirando para todos los lados, a nuestra derecha, localizamos a otro gamo, a unos 2 km. , pero en este caso era pequeño. Nos extrañó que estuviera solo y mirando constantemente a su derecha. Decidimos acercarnos por la linde de los pinos, tapándonos lo mejor posible, para analizar la situación. Ya situados a unos 800 metros, nos dimos cuenta que había una pelota compuesta por tres gamos macho y unas cuantas gamas, a unos 600 metros, que a pesar de no habernos visto, se dirigían a cruzar el río, con dirección a la sierra. Decidimos apretar para intentar acercarnos lo máximo posible en paralelo a ellos y buscar un sitio que nos permitiera realizar un primer disparo. Las carreras de los gamos detrás de las gamas se producían constantemente. Finalmente, pudimos acercarnos, siempre cubiertos por la espesura de los pinos y nos pusimos a unos 300 metros. Llegamos a unas piedras, colocándome lo más cómodamente posible, intente tranquilizarme y que la respiración y los latidos del corazón de controlaran, los visualizamos con los prismáticos y Femi me dijo que uno de ellos era bueno y que estaba dentro de las características del representativo. Le pregunté a qué distancia pensaba que podía estar y me contestó que, aproximadamente unos 280 metros. Yo no estoy muy acostumbrado a tirar tan lejos, soy un cazador de esperas, monterías y en mis recechos la distancia habitual es hasta los 200 metros, por lo que me puse un poco más nervioso. Encaré mi Mannlicher 8 x 68 S con óptica Nikon 2,5 x 10, con retícula 56 y en el cargador 4 balas norma de punta hueca de 195 graims, lo puse a 10 aumentos, e intenté poner en la cruz al gamo que me comentaba Femi. El condenado no paraba de moverse y cada segundo que pasaba se acercaba más al monte, por lo que aunque me estaba dando el culo, lo metí en la cruz y tomando aire, disparé. "Primer lance", "Primera bala", "Primer fallo", el disparo se quedo un poco bajo y según Femi, entre las dos patas traseras.
Después de esta primera entrada y "cagada", me fumé dos o tres pitillos seguidos, intentando tranquilizarme y pensando que habíamos tenido mucha suerte y que todavía nos quedaban casi los dos días. Femi, dentro de su profesionalidad, no realizó ningún comentario puntilloso, sino todo lo contrario y mi hijo con una mirada, me dejó entrever su disgusto por el fallo ¡Más presión¡
Volvimos al coche y subimos a una altitud de aproximadamente 1.500 metros, dejamos el coche y empezamos a adentrarnos en la sierra. Después de aproximadamente 1 hora de caminata, mirando constantemente a todos los lados, llegamos a una zona de olivares, muy querenciosa, tanto para el gamo, como para el jabalí. Nos paramos y volvimos a analizar minuciosamente toda la zona con los prismáticos, intentando cazar con los oídos.
Después de aproximadamente 10 minutos, nos  pareció oír (como a unos 400 metros a nuestra derecha), animales comiendo, no los podíamos ver, porque ese lugar era un pequeño valle. Nos acercamos los tres sin hacer casi ruido (difícil en estos tiempos, ya que el monte esta sequísimo y cada paso es un escándalo). Inicialmente pensamos que se trataba de un gamo porque creímos oír los golpes de sus parlas en las ramas, la sorpresa fue ver entre el monte (a unos 40 metros) a un guarro. En ese momento las pulsaciones de mi corazón se dispararon. El aire nos venía de cara, por lo que no nos pudo delatar, tranquilamente empezamos a mirarlo con los prismáticos y aunque era grande (unos 80 kg. aproximadamente) nos dimos cuenta que se trataba de "una guarra", aunque intuimos que a su izquierda había otro guarro que no se dejaba ver. Estuvimos en el sitio como unos 20 minutos esperando a que el segundo guarro se dejara ver, con la esperanza de que fuera "un macho". La guarra empezó a subir la ladera y decidimos ir en paralelo para intentar cortarle el paso y ver a su acompañante. Después de unos 10 minutos pudimos asomarnos a una ladera de olivos, donde pudimos comprobar cómo la guarra a la carrera de dirigía a la derecha y a unos 200 metros el acompañante "un guarro macho", se adentraba en el monte cerrado sin darnos la opción a poderle tirar.
Retomamos el rececho y Femi nos llevó hasta lo alto de un cerro, donde transponiéndolo había un profundo valle. Al culminar el cerro y empezar a ver la profundidad del valle, detectamos la presencia de dos gamos machos con una pelota de gamas. Nos situamos en una piedras para analizar la situación y Femi nos comenta que el segundo macho es bueno y tirable aunque están en movimiento al otro lado de la ladera. Tomo aire, encaro al gamo y lo meto en la cruz, esperando a que se pare y me de la paleta, en esto que lo hace y está aproximadamente a 250 metros, disparo y "segundo lance", "segunda bala", "segunda cagada", vuelvo a meter el tiro entre las patas. Sinceramente en ese momento me da el bajón y pienso que no voy a ser capaz de cazarlo.
Eran aproximadamente las 12:00 a.m. y decidimos volver al coche (1 hora de caminata). Femi habla con sus compañeros y estos le comentan que uno de los cazadores, Fernando, ha cazado su gamo y un cochino de 7,5 cm fuera de boca y que él otro, también se ha hecho con su gamo.
Volvemos al hotel y tenemos la oportunidad de ver el gamo y el guarro de Fernando.
Comimos una suculenta comida en el restaurante del Hotel y pudimos intercambiar opiniones con Fernando y Paco. Lo cierto es que tanto Fernando como Paco son unos verdaderos señores, unos verdaderos cazadores con muchos años de experiencias a sus espaldas. Da gusto poder conocer y aprender de personas que siguen entendiendo la caza como algo auténtico, que siguen valorando y disfrutando de esta pasión de una forma totalmente enriquecedora, cumpliendo las normas y pautas del buen saber y hacer.
A las 17:00 horas volvemos a quedar con Femi en el Bar de pueblo y decidimos ir "al castillo" donde (por la mañana) habíamos visto a un gamo que aparentemente podía ser interesante. Llegamos sobre las 17:30, dejamos el coche y empezamos a recechar, teniendo la oportunidad de ver a unos 4 gamos machos, sin que merecieran la pena. Empiezan a berrear los venados y uno de ellos da la cara en el prado, pudiendo disfrutar de este momento como si se tratara de la primera vez. Tengo que decir que la berrea es uno de los momentos que más disfruto en la caza.
Volvemos hacia el coche sobre las 18:45, con la luz cada vez más escasa. En ese momento vemos un gamo en un pequeño claro situado en la falda del montecillo donde se sitúa el antiguo castillo. Con mucho cuidado nos intentamos acercar y mi sorpresa es que a unos 20 metros por debajo del primer gamo (que no merecía la pena) y a unos 50 metros de donde nos encontrábamos, salen a la carrera el gamo que habíamos visto por la mañana con una pelota de gamas, sin darnos ocasión (o mis reflejos no fueron lo suficientemente rápidos) de poderle tirar. En ese momento damos por terminado el primer día de caza, con un resultado bastante frustrante para mí, pero con un diez para la sierra y el buen hacer de Femi.
Segundo día: lunes 19 de octubre 2009
Nos volvemos a encontrar en el bar a las 6:45 a.m.  Femi ha decidido que vayamos a la zona del Castillo, a ver si somos capaces de dar con el gamo del día anterior. Y así lo dispusimos.
Sobre las 7:45, ya en la zona, empezamos a subir el montecillo y a situarnos encima de unas piedras que todavía conforman parte de las murallas del Castillo, donde podríamos visualizar toda la zona desde diferentes perspectivas. Al rato, Femi se acerca a la zona central del catillo y me hace una señal, indicándome que allí se encontraba encamado a 20 metros un guarro de buen porte. Lo analizamos y nos dimos cuenta que era una guarra y por tanto, no hicimos ruido para que se pudiera espantar.
Seguimos analizando todas las zonas que la vista no permitía ver. Sobre las 8:45 a.m. pudimos localizar el gamo, que bajaba de la sierra a unos 2 km. acompañado de unas 6 gamas. Pensamos que se acercarían a nuestra posición, ya que considerábamos que era su querencia natural, sin embargo, al estar el gamo más pendiente que otra cosa de las carreras y de las gamas, se quedaron a aproximadamente 1 km. de nuestra posición y daba la sensación que se estaban alejando cada vez más. Por lo que decidimos realizar una entrada, aunque el terreno no era el más adecuado para podernos tapar, al haber más claro que otra cosa entre nosotros y donde se encontraba el gamo.
Tardamos aproximadamente 45 minutos a 1 hora, aprovechando cada ocasión que el gamo se tapaba para ponernos a unos 180 metros. Nos tumbamos y puse la mochila de Femi y mi abrigo en el suelo y en posición de tumbado, apoyé el rifle y empecé a buscar a él gamo a través del visor. El gamo estaba tapado en el monte bajo y después de unos interminables minutos pude localizarle y apreciar que me estaba dando su costado. Pedí la aprobación de Femi para poder disparar y al recibirla, volví a tomar aire, puse la cruz en la paleta y suavemente apreté el gatillo. A la tercera, "Sí que sí". Nos abrazamos (Femi, mi hijo y yo). Mi hijo estaba eufórico de contento, así como yo por el increíble rececho, acercamiento y resultado del disparo.
Nos acercamos para poder ver al hermoso animal que finalmente pude abatir y comprobar que se trataba de una Gamo representativo alto (153 puntos), con una forma de la cornamenta perfecta y robusta.
Nos ponemos manos a la obra y apañamos el Gamo.  A parte del trofeo, me llevo los dos jamones, los lomos y los solomillos. Me considero un "cocinillas" y me encanta preparar caza para ocasiones especiales.
Nos volvemos al hotel para reponer fuerzas. Volvemos a quedar en el bar a las 17:00, y en este caso, marcamos una estrategia para intentar recechar a un guarro.
A las 18:10 p.m. nos encontramos en el olivar del día anterior, ya que entendemos que es una zona muy querenciosa. Tenemos la ocasión de entrar a una piara, sin encontrar un macho. Seguimos andando por el borde del olivar y la linde del monte. Todos en fila india; Femi, yo y el último mi hijo, con el aire dándonos en la cara. De repente, a nuestra izquierda, a menos de 6 metros, aparece una "Vaca" (por el tamaño), aunque como os podéis imaginar era un "Guarrazo" que aunque no nos ve, se mete al trote detrás de un arbusto bastante frondoso y comienza a comer. Yo llevaba el rifle colgado y no me da tiempo a encararle antes que se meta, en ese momento, se me seca automáticamente la poca, el ritmo cardiaco se dispara, y durante unos interminables segundos pienso si debo disparar al bulto y de esta forma intentar reiterar el disparo o dejar que se mueva un poco y poderle disparar en cuanto nos de la jeta. Finalmente, el guarro que estábamos seguros que era un macho, desaparece zorreando sin poderle ver, "tercera cagada".
Como era casi de noche, decidimos volvernos hacia el coche con la esperanza de cruzarnos con alguno otro, pero como es lógico, habíamos perdido la gran oportunidad.
Ya en el bar de Coto Ríos, hacemos todos los trámites y papeleos, nos tomamos unas raciones y nos despedimos de Femi. Gracias Femi, sin ti no hubiera sido posible la cacería. Siempre he pensado y me reitero, que el 70% de una buena cacería, depende fundamentalmente de la profesionalidad y conocimientos del Guarda. En este caso, a Femi le doy un 10.
Al día siguiente, nos levantamos temprano, desayunamos de lujo (tostadas, jamón york y serrano, queso, cereales, zumo y café) y de vuelta a la cruda realidad, mi hijo al colegio y yo al trabajo.
La experiencia del rececho en Cazorla ha sido increíble y totalmente auténtica. Seguiré todos los años, a través de la gestoría, presentándome a todos los concursos públicos, con la esperanza que pueda volver, o en su caso, conocer alguna otra zona de España, que estoy seguro me volverá a sorprender.

sábado, 3 de abril de 2010

El Corzo del camino de la mina

Por mi amigo Pepe Juan.

Tras las muchas curvas de la infame carretera que va desde Los Navalmorales hasta Espinoso del Rey aparco el coche delante del bar Hermanos Molina, donde he quedado con el guarda de Vallesur.

Entro en el bar y, tras los saludos de rigor a la parroquia que se da cita, me dirijo hacia el fondo donde "Jesús" y otros dos cazadores, con los que compartiré suerte esta tarde, charlan animadamente. Unos apretones de manos y salimos para la finca que se nos ha hecho un poco tarde y el día no espera a nadie.

Dejamos la carretera y nos adentramos por el carril a través de La Sierra de Torrecilla hasta la curva de 90º que da acceso al coto, atravesamos sus profundos pinares y tras pasar el pequeño puente sobre el reguero ascendemos hasta la casa. Una vez en ella y descargado el equipaje y las viandas que serán la cena de esta noche, El guarda nos asigna los cuarteles y decide acompañar a uno de los cordobeses al Castillazo, al otro lo envía al camino del río que asciende hasta la cumbre y yo decido irme al camino de la mina que tiene una pradera muy querenciosa en este inicio de primavera y siempre he visto buenos corzos.

Dejo el coche tras unas jaras y saco el rifle de su maletín, un monotiro con bonitos grabados ingleses del calibre 6,5X57 (Para mi uno de los calibres mas idóneos para el pequeño duende). Casi ritualmente lo monto despacio, gustándome con su belleza, y le acoplo el visor de seis aumentos sobre sus monturas.

Andando muy despacio, casi a cámara lenta, con el viento de cara, me aproximo a la pradera que está situada en un gran claro rodeado de pinares que ya oscurecen buena parte por la caída del sol. Dos ciervas ramonean tranquilamente y una corza, inquieta, se aproxima por el fondo hacia un gran chaparro que hay en mitad del cuadro, dos torcaces levantan el vuelo sonoramente. Decido sentarme sobre una piedra que hay a unos cinco o seis metros del camino rodeado de pequeños jarales y quedo a la espera.

A la media hora veo movimiento a mi izquierda pero no atino a ver que es hasta que, pasados unos minutos, aparece un corzo al que miro a través de mis prismáticos: Tiene una preciosa cabeza de tercer año y un bonito perlado. Lo meto en el visor del rifle y disfruto de sus gráciles movimientos para, finalmente decidir no tirarlo, todavía no es su momento.

Con esta tranquilidad - ¡El campo esta espectacular! - me adentro en mis pensamientos recordando avistamientos del año pasado y recuerdo a aquel bonito macho que no pude tirar cuando me cambio el aire y salió como alma que lleva el diablo, casi en la linde de La Avellaneda. Al cabo de un rato decido probar suerte e ir en su búsqueda a pesar de que esto fue a finales de julio hace casi un año, pero es que siempre me ha gustado más recechar que esperar.

Muy despacio voy ascendiendo, registrando a derecha e izquierda una mezcla de pinos, chaparros y robles con jarales y espinos de vez en cuando. Al volver una curva a la derecha una corza ventea y anda de puntillas presintiendo un peligro que no atina a captar pero que su instinto le dice que está ahí. Espero que pase de largo para que no escandalice con sus ladras a todo el monte y continúo despacio hasta llegar al llano de la mina, me detengo y registro todo con cuidado, pero nada, ni tan siquiera el rodar de una piedra que delate alguna res.

Así estoy un rato hasta que la luz empieza a ser escasa y decido continuar hasta la linde de la finca de la que me separan unos cuatrocientos metros. Casi a cámara lenta voy haciendo hasta que llego a la cadena de la entrada, justo antes del cortadero que baja al reguero por la izquierda y sube a la pedriza por la derecha. Cuando la estoy sorteando, ya casi sin luz, el rodar de una piedra a escasos metros delata la presencia de un animal. Me quedo inmóvil tratando de escuchar, me deslizo un par de metros y tras una pequeña loma veo asomar las puntas de mi corzo a no más de 12 metros. Me podéis imaginar como a una bailarina de ballet, pues esta es la mejor descripción de mis movimientos, hasta que, ya casi en la penumbra, aparece mi "sueño", alto, grueso, con dos largas luchaderas, y el corazón se me para. Me encaro el rifle tan despacio que los brazos se me hacen pesados y lo meto en la mira, el animal en el último instante me mira como presagiando algo y disparo al codillo.